Eran cerca de las 19hs del sábado 5 de noviembre cayendo estaba, ya, el sol en aquella tarde que ardía como si quisiera dejar un clima preparado para el ritual que se avecinaba. El escenario estaba listo, quedaba ultimar detalles. El público seguía aproximándose a un ritmo propio, al ritmo que marcan los niños y que siguen sus padres detrás. Aquel mítico patio de la antigua fábrica iba convirtiéndose poco a poco en un lugar que invitaba al juego, niñas y niños jugaban condensando esa mágica energía que inunda el espíritu de una fiesta, fiesta que recién estaba comenzando y a la que la familia entera estaba invitada. Cintia, madre de Patricio me contó que los seguía desde hacía algunos años y que su hijo de apenas 3 años los había visto por primera vez cuando tenía 2 y aún los recordaba. Faltaban apenas unos minutos para que empezará el show cuando entre el público se escucharon algunas voces entusiastas y aplausos, Ezequiel, Agustín, Diego, Andrés y Pedro se acercaban al escenario caminando entre el público.

El reloj marcó las 20 y los primeros acordes de Amerika Bonita acompañaron la proyección en la pantalla de aquella misteriosa y sagrada ciudad incaica, luego la Saya del Yuyo daría el pie perfecto para que se formase la primera de las rondas que, en aquella tarde-noche, nos encontraría coreando juntos y con la adrenalina en la piel, entonces llegaría el primer pogo al ritmo de Sariri. Y la lista de temas seguiría recorriendo los distintos momentos de la banda.

Mediaba el show cuando Diego Skliar subiría a leer algunos párrafos del libro Por todas las libertades escrito en colaboración, con los integrantes de Arbolito, acompañado de las imágenes de Nuestra América profunda. Aquella que ha desandado Osvaldo Bayer y ha sabido interpretar Eduardo Galeano. Porque Arbolito tiene eso que condensa un sentir de lucha y de resistencia que tanto tiene que ver con nuestra tierra latinoamericana, con ritmos que se entrelazan y que atraviesan cordilleras, bosques, praderas, selvas, ríos y lagos de este hermoso Continente, sincretizando aquel tan mentado Abrazo Latinoamericano en sus letras, muestra de unión y de un sentir hermanado cuya mayor evidencia es la existencia de una historia en común que nos acerca, todo esto proyectado en el sonido profundo del sikuri que intenta, como el viento, quebrar ese silencio opresor y el del charango que endulza la visión de cada paisaje proyectado acompañados de guitarra, cajón peruano, bajo y batería . Luego de casi dos horas de show Arbolito se despediría de su público con bises que harían vibrar las gargantas con Arveja esperanza, Sobran y Baila baila, dejando en cada uno el espíritu vibrante hasta el próximo show.

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