A dos años de su partida, queremos hacer un homenaje a Martín Kluver, un pequeño gran luchador. El cáncer venció a su cuerpo, pero su luz no se extingue y nosotros lo tenemos presente cada día.

Lo conocimos en 2015 cuando Marcucho, uno de nuestros hijos, debió someterse a un tratamiento de quimio y radioterapia en el cuarto piso de la Fundación Pérez Scremini. Martín era la alegría de vivir hecha gurí, maduro para su edad y en extremo inteligente. Difícil no quererlo y no reírse a su lado, a pesar de las condiciones de salud que transitaba. Fácil admirarlos, a él y a su mamá Gloria, su amor incondicional, la complicidad entre ambos.

Nunca vamos a saber cuánto incidió la contaminación del agua y el aire en el origen de su enfermedad, pero sospechamos que sí hubo relación y nadie nos puede asegurar lo contrario. Martín se crió en una zona cercana a extensas plantaciones de soja transgénica y a escasos mil metros de la pastera UPM. En aquel barrio periférico de Fray Bentos, el olor de las fumigaciones y de los gases que arroja la pastera son moneda corriente.

Si se respetara el principio precautorio, las autoridades –el poder político todo- no permitirían estas actividades que están costando la salud y la vida a miles de uruguayos, entre ellos cientos de niñas y niños.

Niñas y niños orientales –como en cualquier lugar del planeta- merecen beber agua pura con seguridad y consumir alimentos de calidad, tanto como techo, educación y protección. Sus derechos fundamentales están por encima del derecho de algunos a enriquecerse. ¿Es necesario decirlo?

Que la lucha de Martín y de su madre nos sirva de ejemplo y no haya sido en vano. Que el mensaje con el que se fotografió meses antes de perder la vida se visibilice como merece. El silencio también nos hace cómplices.

El poder de uno es el poder de hacer algo. Hagamos algo! Por los demás niños –cada vez son más en las zonas suburbanas y rurales- que están expuestos a experiencias como la que atravesó Martín.

Asamblea Pachamama Uruguay

Foto Jimena Pais

 

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