“Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. Dijo alguien alguna vez.

Cuando somos pequeños y pequeñas, aprendemos de los que llegaron a este mundo antes que nosotros todo tipo de cosas.

Empezando por el rosa para las nenas y el azul para los nenes, pasando por el “esto es tuyo y lo tenes que cuidar”, hasta llegar al “tenes que ser alguien en la vida”.

Desde pibitos nos dicen lo que tenemos que hacer. Qué esta bien y qué esta mal, qué se puede y qué no.

Seguir “las reglas” es muy fácil, sólo hay que hacer lo que los demás esperan de nosotros pero en la medida en que empezamos a crecer, a veces, nos empezamos a cuestionar algunas cosas y empezamos a verlas de otra manera.

Por ejemplo: Cuando yo era chica, en el jardín usaba guardapolvo rosa y mis compañeros varones guardapolvo celeste. Jamás se me hubiera ocurrido pedirle a mamá que me ponga un guardapolvo celeste, imposible. La diferencia entre varones y nenas estaba bien clara y nadie, nunca en el jardín se atrevió a cuestionar eso.

Con el correr de los años por alguna u otra razón tuve alguna que otra prenda de color celeste y me di cuenta de que no pasaba nada. No me convertía en nene usando una remera o pantalón de esa gama de color, no me salieron bigotes ni barba por jugar a la pelota alguna que otra vez con los primos. Y lo mismo a la inversa, es un flash, pero posta que nunca vi crecerle tetas a un hombre, por usar una camisa rosa.

Lo que viene después de eso, es un viaje de ida.

El viaje nos determina justamente aquello que alguna vez Sartre dijo sobre lo que hacemos con lo que hicieron con nosotrxs.

Tenemos la opción de no hacer nada, y vivir tranquilxs sin cuestionar ni salirnos del renglón. O podemos salir del renglón, de la hoja, del cuaderno, de la mesa, de la sala, del mundo.

Ojo, tampoco es que uno se levanta un día y decide ir en contra de absolutamente todo lo que aprendió a lo largo de su vida. El proceso de DEconstrucción es progresivo y largo, yo diría más bien, que no termina nunca.

Supongamos que al nacer somos un montón de cubitos dentro de una cubetera de agua en el freezer. Cada uno de los cubitos somos nosotros y nosotras, y durante nuestro desarrollo en los primeros años de vida, nos vamos endureciendo, enfriando. Nos volvemos todos los días un poquito más individualistas, más mezquinos, más solitarios. Nuestro molde (la cubetera) nos ha ido formando durante esos años para vivir en sociedad. Una sociedad sumida bajo el régimen capitalista, patriarcal y explotador.

La opción más fácil de cada cubito, sería quedarse dentro del freezer, comprimido en su cubetera. Esperando que venga alguien a buscarnos, para morir en algún vaso de agua (o de fernet en el mejor de los casos).

O bien, podría intentar salir de la zona de confort. Deslizarse por doquier, dejando el individualismo de lado y arrastrando en las aguas a cada cubito curioso que tenga ganas de seguirlo.

Cualquiera de las dos opciones es dolorosa, en cualquiera de los dos casos el cubito termina convirtiéndose en agua o polvo (en nuestro caso).

Romper la cubetera duele, porque inevitablemente en el intento de romper el molde que nos comprime nos rompemos un poquito nosotros también.

Pero créame, en este viaje de ida que no tiene retorno. Cada uno de nosotros y nosotras aprende todos los días a ser un poquito más felices.

El mundo está preparado para que creas que no encajas donde “no tenés que encajar”. Lo que el mundo no sabe, es que las almas libres no queremos encajonarnos en ningún lugar.

 

Queremos ser libres y derretirnos donde nosotros y nosotras elegimos.

Queremos desandar el camino y construirlo de vuelta.

Queremos un mundo más justo, donde la desigualdad, los moldes y la opresión no existan.

 

Como dije más arriba, todos somos solo cubitos.

Elegir ser un cubito oprimido o un cubito libre es la cuestión.

En el arte de DEconstruirnos, vamos a sentir angustia, dolor, frustración.

Pero el dolor de ir rompiéndose de a poquito se alivia en la medida que vamos encontrando otras almas libres en el camino.

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