Por: David Rodriguez

Los días previos al 1 de Agosto, como la agenda lo impone, charlábamos con amigos sobre las posibilidades electorales que estaban en juego. ¿En juego para qué? ¿Para volver a ceder, para regocijarnos con la igualdad desigual? ¿Para repartir y dar de nuevo? Lo cierto es que llegado el día, nos volvimos a encontrar decenas de personas, un gran colectivo con grandes diferencias internas, heterogéneo, pero con un objetivo claro: juicio y castigo a los culpables que desaparecieron y dieron muerte a Santiago Maldonado.

Si bien, nuestro país cuenta con una larga trayectoria represiva pareciera ser que cuanto más se aleja, más se desea, más se proclama. Es evidente que las tesis de Marcuse o Rozitchner sobre la introyección del enemigo mantienen su latencia, conservan el perverso juego mental de hacernos creer que si nos reprimen es porque lo merecemos. Entonces, dice el filósofo alemán, la lucha contra la libertad se reproduce a sí misma, en la psique del hombre y de la mujer, y su vez su propia represión sostiene a sus dominadores, y a sus instituciones. Esa dinámica es la que debemos interpelar, analizar, combatir, obturar, fragmentar, destruir, puesto que el enemigo está dentro de nosotros y necesitamos expulsarlo; o por lo menos entender que nos habita y poder decidir qué hacer con él. De nada serviría continuar con esta reflexión sin antes comprender que el lenguaje que utilizamos no es el nuestro puesto que el capital nos ordena con qué gozar y con que no. De este modo, es oportuno pensar en Valentín Voloshinov a partir de la preocupación sobre la importancia del signo en lucha de clases. Vencer y recuperar la memoria reprimida a partir de antecedentes históricos liberadores, efectivamente revolucionarios; corporizar la disidencia, fortalecerla, sintetizarla, materializarla. Claro que no es una operación amistosa, cómoda, sino que todo lo contrario porque nadie deja de ser racista en tanto y en cuanto no deje de beneficiarse con los derechos de los blancos. Tampoco nadie puede despojarse del machismo si conserva las ventajas sobre las mujeres, aunque se lo crea posible, no se puede; menos posible será desterritorializar nuestra psique.

La persecución, la desaparición y el asesinato de Santiago Maldonado nos enfureció, pero la furia duró poco, duró hasta que el dependiente poder judicial limó las dudas y confluyó con el más rancio discurso político. La ponderada libertad de prensa instaló hipótesis desfachatadas que aún perduran, aún mantienen el mismo vigor, todavía operan, para su comprobación, alcanza con chequear las redes sociales. Esa dinámica es posible porque el poder que debiera desequilibrar, desarmar esa lógica, vigila anodinamente el lugar perdido, la disputa se limita al plano electivo. ¿En eso consiste la democracia? ¿Ese tipo de racionalidad democrática es la que va a resolver los problemas más urgentes? ¿Es la defensa a la nación, a la patria, la que nos va a conducir a la victoria? ¿O será que nuestra democracia de la derrota es la única alternativa de conservar el poder de los poderosos, de la minoría?

El retorno de lo reprimido da forma a la historia prohibida y subterránea de la civilización. Y la exploración de esta historia revela no solo el secreto de individuo, sino también el de la civilización”. Con estas palabras Marcuse sintetiza, en buena medida, lo que quise proponer en este artículo.

La muerte de Santiago Maldonado no debe terminar en una convocatoria anual porque el juego seguirá siendo el mismo, y nosotros, participamos de esa dinámica. Esa lógica nos domina de adentro hacia afuera y de afuera hacia dentro, porque como ya intenté pensarlo anteriormente, la propia represión se reproduce a sí misma y nos deja poco margen para pensarlos fuera de ella. Si uno se detiene en las intervenciones artísticas de Santiago Maldonado puede vislumbrar el escape de la memoria reprimida, la fuga solicitada en este texto. Porque el arte en todas sus formas, permite la vehiculización de lo reprimido, porque perseguir, desaparecer y asesinar a un artista es eternizar lo reprimido, mantenerlo lo más alejado posible de lo consciente.

No hay nombre para este dolor, dice una canción, por eso que viva la revolución, y que vivan todxs aquellxs que mueren y enfrentan al monstruo. Entre otros sentimientos inoculados percibimos el miedo, el terror de avanzar, sin embargo, seguiremos saliendo a la calle para exigir juicio y castigo a los culpables. Lo haremos porque no nos desalientan, al contrario, nos enfurecen más y más temprano que tarde recuperaremos la memoria reprimida e iremos por todo.

Fotos: Roberto Bernard

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