Sergio Maldonado dio en la tecla mientras leía una carta que le escribió a su hermano Santiago. Decía simplemente que no podía estar en el lugar de su hermano, aunque así lo deseaba, la razón ineludiblemente triste era porque no frecuentaba los lugares ni poseía el mismo sentido de solidaridad que sí tenía Santiago. Valiente declaración, no solo por el momento de la lectura ante cientos de personas, sino porque la desaparición de su hermano fue el golpe, tal vez, más duro que pudo darle la vida, el golpe que lo puso en pie de guerra, el golpe que reordeno sus perspectivas.

Mientras lo escuchaba en la tarde nublada del domingo 1 de Octubre pensaba que la sangre derramada de Santiago, su detención, su secuestro, y su posterior desaparición en manos de la Gendarmería habría instalado una cuestión que ha sido desestimada por una mayoría de hombres y mujeres inmersos en los relatos de la historia oficial donde los pueblos originarios ocupan en nuestra memoria escolar el lugar de barbaros. La solidaridad de Santiago visibilizó la problemática indígena como así también puso en evidencia la apropiación de tierras de parte de magnates extranjeros. Además deja claro el rol del estado argentino que no solo les allana el camino para adquirirlas con población adentro, sino que le da garantías para proteger la propiedad privada. Lo que quiero sostener es que a partir de la represión en la Pu Lof Cushamen las formas elementales de reflexionar y actuar de muchos de nosotros ya no será la misma estará acompañada de una conciencia por lo menos en alerta, quizás dubitativa.

La noticia de la desaparición provocó un gran sacudón, desmantelo nuestra subjetivad, la decontruyo, yace sobre la tierra de nuestra historia teñida de sangre de miles de indígenas castigados, esclavizados y estigmatizados hasta el día de hoy. De ahora en mas, recogemos los pedazos, los ordenamos y volvemos como si nada hubiese ocurrido o, nos hacemos cargo de que tenemos un poderoso enemigo enfrente y construimos una nueva subjetividad, un hombre nuevo, una nueva mujer. Uno de los bastiones a los que debemos apuntar nuestros cañones son a los  medios de comunicación masivos y a todos los aparatos de dominación que moldean las necesidades de los individuos. Uno de los ejemplos más emblemáticos de estos aparatos es la escuela, esa institución a la que le damos quizás demasiado valor sin percibir la reproducción de los mismos patrones legitimadores de la asimetría social. Con respecto a esto y con el fin de encontrarle algún sentido a la desaparición de Santiago, leía Deleuze. Planteaba exactamente la desterritorialización de la territorialización, es decir, deshacernos de las construcciones cristalizadas que vienen acumulándose y reproduciéndose como bolsas de consorcio; desnaturalizar lo naturalizado.

Estimo que nos aproximamos a un buen momento para pensarnos más allá de nosotros, mas allá de nuestro ego, es un buen momento para pensarnos como habitantes de una tierra que fue ferozmente conquistada, asquerosamente evangelizada. Es el tiempo de interrogarnos acerca de la actualidad de la cuestión indígena desde la historia que todos aprendimos, sin reconocer que cada página derramaba gotas de sangre indígena. Nuestro confort, nuestro castellano, nuestros habitus fueron y son posibles gracias a la incomodidad, a la mutilación de lenguajes autóctonos y por sobre todo a un genocidio en clave de civilización.

Escucho The Wall mientras escribo en casa tomando té con miel y pienso que la solidaridad de Santiago derribó una parte del muro, ahora nos toca a nosotros.

No olvidamos no perdonamos ni nos reconciliamos.

¿Adónde esta Santiago Maldonado?

 

8 Comentarios

  1. Hey gracias por escribir, son pensamientos compartidos! Muchas veces dicen vos o yo no podemos cambiar nada… Yo les diría miren a Santiago! Su ética, su convicción, su compromiso lo acompañaban a diario, en las más cotidianas acciones. Quizás por ahí hay que empezar.

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