Por Lucas Gómez Cano

Stoner, de John Williams.
Como dijo Rodrigo Fresán: «Una obra maestra. Y punto»
Cuenta la historia de William Stoner. Nacido y criado en un pueblo pobre de Estados Unidos, donde no pasaba nada. De hecho en la novela no cuenta muchas vivencias sobre la infancia y adolescencia de Stoner. Ningún amor, ningún amigo. Sólo los días en los que trabajaba con su padre en las tierras que sólo le daban para sobrevivir. Y por las tarde noches una cena con su madre. Los tres en silencio. Hasta que Stoner padre le propone a su hijo ir a la universidad. ¿De dónde surgió esa idea en ese lugar del mundo? No se sabe. Pero personalmente me lo he imaginado, entre la tierra, reflexionando sobre su hijo. En silencio y en secreto, juntando de a poco para que tuviera la educación que él no tuvo. Todo esto comienza a principios de la segunda década del siglo XX. Pero son cosas que aún le suceden a nuestros padres y nuestros pibes en los pueblos y barrios de Argentina. Una ráfaga que llevó algún Dios a la cabeza del viejo y que para William Stoner sería un milagro. Se enamoraría, literalmente, de la literatura. También, sin esperarlo. El personaje en realidad no espera nada. Sigue su vida como por inercia y acepta lo que le toca sin resentimientos ni alegría. Incluso su pasado en la pobreza lo tomará como algo que sucedió. Y ya. Hasta que se descubre enamorado al entonar de memoria un poema tremendo de Sheakspeare. 
No pude evitar recordar cuando me pasó exactamente lo mismo, a los dieciseis años. Aunque no fue un profesor, sino la tristeza, cuando la bronca al mundo me daba una tregua. Agarré por curiosidad el único libro que ha leído mi padre en su vida: Las tumbas, de Enrique Medina. Por ese entonces, como decía, odiaba a todo el mundo y lo que en él había. Un policía había asesinado a mi primo, con quien prácticamente nos hemos criado. Los días pasaban entre pastillas de esas que pegan duro con el alcohol y trompadas por la noche. El abuso policial. La pasta base en el barrio. El festejo a los ladrones de la cuadra. Dormir en el colegio, educarse fuera. Porque después de Medina, siguieron varios autores. Y un día decidí dejar el colegio. Y continuó mi enamoramiento por la literatura. Como le pasó al personaje de esta novela; tan distinto pero tan parecido a la vez.

A partir de ahí, no cambiará demasiado su carácter. Todas las etapas de su vida las tomará con naturalidad. Y no habrá escenas inesperadas o trágicas. Simplemente una vida. La vida de un profesor de literatura, totalmente apasionado por su trabajo. Aunque con una integridad que conmueve. 
Oda a lo cotidiano, de la mano de John Williams. Cada página es un placer. La he leído muy despacio. A veces sólo leía unas frases y lo dejaba. Al terminarlo, me encontré cerrando los ojos y dando un suspiro. Me he llegado a encariñar con todos sus personajes, incluso los que no son muy amables. 

Una obra que quedará entre las mejores en mi biblioteca y pensamientos. A pesar de no haber completado mis estudios y que mi no paso por la universidad haya sido un problema (uno debe conocer al opresor), durante todo el viaje no pude evitar sentir lo importante que es para la generación que viene; esos que no tienen como destino ser una víbora trajeada, sino trabajar para ellos hasta el fin. Como le sucedió al padre de Stoner. Y como sigue y, lamentablemente, seguirá sucediendo aquí. Un país que en vez de un chico con una guitarra o un libro, lo prefiere en un cajón con sus pulmones consumidos por la pasta base o una bala policial en su pecho.

Gran hallazgo literario. Impecable traducción. Una obra que casi es olvidada, pero hace unos años ha reaparecido y ojalá se quede hasta el final.

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