Por Lucas Gómez Cano

Tal vez el más conocido por sus intervenciones acerca de qué palabras utilizar acorde al habla cotidiana, en esta parte del mundo, sea Abelardo Castillo. De hecho tiene un libro donde queda su registro: Ser escritor. Ya en Crónica de un iniciado, en un diálogo místico uno dice: «Tuteame, pero de ‘vos’ «. Y hay muchas anécdotas sobre sus discusiones con sus colegas de la revista El escarabajo de oro. Hace unos años, ya envejecido, al hablar sobre la publicación de sus diarios en una entrevista, reconoció que en aquellas páginas –joven él– había puesto «descendí» en vez de «bajé». Y que en ese hoy, ni que le pusieran un revólver en la cabeza lo pondría, ya que el descenso es otra cosa. Algo más profundo que bajar una escalera. Va más hacia lo espiritual. Pero también ha dicho que «es vidrio, no cristal». Y es cierto, pero hay varios tangos –ya que hablamos desde esa parte del mundo– donde los poetas escriben cristal y no vidrio. Y al ser luego interpretados por los cantores, no desentona para nada en cómo puede llegar a hablar una persona cualquiera de Buenos Aires y provincias limítrofes. Porque si de Argentina hablamos, la discusión terminaría en el amanecer de la próxima semana y sin que nadie esté de acuerdo con el otro. Incluso Liliana Heker, además de por su obra, conocida por sus talleres literarios. Maestra de varios consagrados o por consagrarse. Por ejemplo, en su novela El fin de la historia –mi libro preferido de ella– suenan varias palabras que no suelen escucharse en lo cotidiano. Basta con leer la primera página: «La mujer de piel cetrina», «La tarde fría y cenicienta». Y no está mal. A lo largo de la novela seguirá esa voz. Lo importante es que se mantenga hasta el final, no es un equívoco. Los formalismos en este caso encajan. También suele decir «beber» y no «tomar»; en la calle a nadie he sentido decir que bebe. Pero en ese texto no hace ninguna interferencia. Claro que no todos opinan igual. Enzo Maqueira, en una entrevista en que contaba lo mucho que le ayudaban las clases de Heker, se vanagloriaba de no haber tenido errores en su novela Electrónica –excepto uno o dos que le remarcaron colegas o amigos. Pero él no habla sobre el texto, sino de las palabritas. Como si eso fuera lo más importante. Aunque ese es otro debate.

Volviendo a Castillo. También en su libro Ser escritor dice que no es «rostro», sino «cara». Pero miles de veces he escuchado «me cortaron el rostro», o cuando alguien idealiza, también. Fogwill decía exactamente lo mismo. Y tiraba una máxima: que estaba cansado de que dijeran «se encogió de hombros». En sus Cuentos completos –en realidad fue una selección de relatos por él mismo– aparece en dos ocasiones. Y otras cosas más que ha criticado de otros, pero que están en sus textos o poemas al alcance de cualquiera que quiera chequear. Porque no se tomaba tan en serio ni seguía los mandatos ni siquiera de él mismo. Algo que, lamentablemente, muchos siguen al pie de la letra. Hay que tener cuidado a la hora de seguir como un esclavo los consejos de tus maestros. Hay en muchos casos una pérdida de identidad y autocensura. Otra especie de cobardía que hoy afecta nuestra ficción. Porque para realidad, ponemos El marginal, donde utilizan palabras del habla cotidiana carcelaria y las repiten hasta el hartazgo, dejando al humilde como un bruto y al clase media como un piyo. Los matices son lo de menos. En las novelas policiales de los últimos diez años se puede ver: chicos que no saben hacer otra cosa más que robar, golpear y matar. ¿Saben destapar una cañería? ¿Probaron escribir unos versos alguna vez? ¿Simplemente decidieron ese destino?

Palabritas y nada más.

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