Por Facundo Sinatra Soukoyan y Gabriel Tchabrassian.

Antes de comenzar a escribir estas líneas nos subyacen e interpelan como descendientes de armenios algunas preguntas a 105 años.  ¿Es necesario escribir la misma reflexión de todos los años y que podría tener fecha indeterminada? ¿Es necesario hacer la misma narración sobre el Genocidio Armenio?

Quizás parte de esto aún sea importante, sin embargo nos planteamos abrir el debate sobre las formas en que la memoria es representada en el presente y como se articula con las fechas de conmemoraciones.

El genocidio

El 24 de abril de 1915, el Ejército turco secuestró y asesinó a alrededor de 600 referentes de la comunidad armenia residentes en la actual capital de Turquía, Estambul, dando inicio a la fase más cruenta de exterminio contra los armenios, enmarcado en un proceso genocida que había comenzado a mediados de 1890 y que continuaría hasta por lo menos 1923, llevándose la vida de 1.500.000 de armenios/as y desplazando a no menos de 500.000. Estos últimos fueron los que paulatinamente conformaron lo que se conoce como diáspora armenia, y que al día de hoy se contabilizan en alrededor de 8.000.000 alrededor del mundo.

También habrá que decir que las políticas genocidas que llevaron adelante las autoridades del decadente Imperio Otomano, y la naciente república de Turquía, no sólo tuvieron como víctimas a los armenios que habitaban la región, sino también a otras identidades minoritarias que no fuesen leales al homogeneizante plan que proponía el nuevo Estado turco. Es así que también sufrieron persecusión y muerte griegos, asirios y kurdos, entre otros.

Durante más de cinco siglos, diferentes identidades nacionales habían convivido al interior del Imperio Otomano con sus virtudes y sus complicaciones, con sus derechos y también con sus desigualdades. Sin embargo, a fines del siglo XIX y principios del siglo XX algo cambió: la transformación de una estructura feudal en otra de tipo capitalista modificó las relaciones sociales en la región, dejando abierto el paso a la constitución de nuevos Estados Nacionales. Y allí, en la futura República de Turquía solo cabrían turcos o turquificados. Este proceso, acompañado por los intereses comerciales y de explotación que tenían sobre la región grandes potencias occidentales, generaron las condiciones necesarias para que el Genocidio pueda llevarse adelante.

Hacer memoria ¿para qué?

Retomando la pregunta inicial: ¿qué función cumple una nota sobre el Genocidio Armenio escrita y pensada en la Argentina de 2020? 

Seguramente, la primera respuesta que podría darse rápidamente es que sirve para hacer memoria, para recordar, para que no vuelva a suceder. Es cierto que el genocidio contra los armenios adquiere cada vez más centralidad, siendo recordado, reconocido y conmemorado por la gran mayoría de los países del mundo (no así por el Estado perpetrador). Sin embargo, ¿no hubo otros genocidios en estos últimos 105 años?

La categórica respuesta es que durante todo el siglo XX hubo gran cantidad de procesos genocidas, así como también guerras de diversas escalas que se llevaron la vida de millones. Inclusive, hoy mismo se llevan adelante prácticas genocidas en diferentes partes del globo.

Entonces, la pregunta se repite y amplía: ¿para qué sirve recordar si el solo hecho de hacerlo no garantiza que estos hechos no vuelvan a suceder?

Las formas de la memoria

Planteamos entonces una diferenciación entre las formas del “hacer memoria”, ya que vemos allí algunas pistas para comenzar a desentramar interrogantes.

Por un lado, existe una manera muy extendida (quizás hegemónica) que responde a una matriz conmemorativa, una memoria de efeméride, una memoria cristalizada en el tiempo y el espacio. Una memoria que trae el recuerdo pero no genera ningún tipo de revisión ni movimiento. Una memoria necesaria pero que al mismo tiempo queda trunca.

Pensamos que esta forma estática no es suficiente, y no solo eso, sino que también resulta funcional a determinados grupos y formas de pensamiento que logran con este relato mantener el statu quo. De esta manera, se generan y reproducen las causas estructurales que propician las condiciones sobre las cuales se desarrollan los procesos genocidas. Todo queda ahí, anclado en el tiempo sin posibilidad de trazar líneas al presente, paralelismos ni similitudes con la coyuntura actual.

En contraposición, creemos que es necesario seguir profundizando un posicionamiento basado en una memoria que se muestre activa, en movimiento, que pueda analizar, debatir, reflexionar y sobre todo poner en juego en la actualidad aquellos valores universales que en todo acto conmemorativo se nombran una y otra vez. El fin de las persecuciones por razones étnicas, de género, políticas, religiosas o culturales no pueden ser solo declamativas sino que tienen que tener un anclaje activo en el presente.

Pensamos que esta memoria activa y en movimiento es la que nos hermana como pueblos sufrientes en la historia de la humanidad, y la que nos posibilita al fin llegar a un camino más fructífero en la prevención de nuevos hechos genocidas. ¿De qué manera? Apuntando al germen inicial del proceso: luchar contra la construcción de un otro negativo que amenaza la integridad de nuestra identidad, y la manera de romper esa lógica es entendiendo a ese otro como parte de uno, que forma parte de un “nosotros” mucho más amplio y del cual nuestra identidad se alimenta y se complementa.

De esta manera podremos erosionar el consenso inicial del cual se sirven los procesos genocidas para existir, inoculando la construcción negativa sobre aquella identidad que pretende ser eliminada.

Entonces, ¿debemos permanecer indiferentes ante determinados acontecimientos que en su devenir pueden derivar en procesos genocidas?

Si los genocidios han atravesado a las sociedades modernas de las que formamos parte, ¿no hay algo de nuestra forma de concebirnos que debe ponerse en cuestión?

Los armenios de ayer, los perseguidos de hoy

Este nuevo aniversario nos encuentra conmemorando aquel genocidio que sufrió el pueblo armenio hace 105 años y que la supervivencia de algunos generó la posibilidad de que hoy nosotros estemos aquí, en un punto equidistante del mundo, escribiendo estas lineas.

Las trayectorias personales pueden ser de mayor o menor raigambre con la armenidad, sin embargo creemos que allí no radica el punto de reflexión sino que rebasa el plano puramente comunitario.

La posibilidad de los pueblos de solidarizarse con el otro sufriente es la gran tarea y como descendientes de sobrevivientes creemos fervientemente que ésta es nuestra misión. Sin embargo, nos parece fundamental reflexionar sobre estos interrogantes: ¿por qué algunos sectores de nuestra comunidad repudian el negacionismo del Estado Turco pero no se espantan ante posiciones negacionistas sobre la última dictadura en la Argentina? ¿Por qué no sentimos el mismo dolor que sufrieron nuestros antepasados cuando vemos morir en el mar mediterráneo a miles de migrantes? ¿Por qué no nos invade la misma rabia cuando mueren miles de civiles en Palestina? ¿Por qué no nos indignan los bombardeos sobre el pueblo Kurdo? ¿Por qué no nos moviliza la criminalización de los pueblos originarios de esta tierra? ¿Por qué no llevamos con la misma precisión la cuenta de los feminicidios que ocurrieron a manos del patriarcado?

Solo sintiendo el dolor ajeno como propio es que podremos seguir en la senda de un futuro sin genocidios, aprendiendo de lo acontecido pero trazando líneas al presente donde la solidaridad entre nuestra especie humana sea siempre lo que prime por sobre el odio, el resentimiento y el rencor.

Foto: Memorial Tsitsernakaberd (Fortaleza de las Golondrinas) en la ciudad de Ereván, Armenia. Gentileza: CIPDH.

Gentileza de: La Luna Con Gatillo

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